Me encontraba al fondo del vestíbulo, vestida con un vestido azul pálido y sin más joyas que el pequeño reloj de oro que mi padre me había regalado al graduarme de la universidad. Aquella mañana lo había elegido todo con mucho cuidado. No para impresionarlos. No para intimidarlos.

Simplemente para sentirme yo misma.
—Bienvenido —dije.
Mi exsuegra, Beatriz Mendoza, miró a su alrededor como si esperara que el verdadero dueño de la finca apareciera en cualquier momento para explicar el malentendido.
Su abrigo color crema colgaba de un brazo. Un collar de perlas adornaba su cuello. Siempre se comportaba como si cada habitación le perteneciera antes incluso de entrar en ella.
Esa tarde, por primera vez, la seguridad en su postura se había debilitado.
—¿Esta es tu casa? —preguntó ella.
“Sí.”
Alejandro volvió a mirar la fotografía. “¿Quién es ese hombre?”
“Mi padre.”
“Pensaba que tu padre trabajaba en contabilidad.”
“Sí, lo hizo.”
Beatriz soltó una risa suave y desdeñosa, aliviada de haber encontrado un terreno conocido. «Para ser una pequeña empresa de almacenamiento, ¿no?»