—Mírame.
Levanté los ojos.
Estaba llorando.
Nunca había visto llorar a Ethan así.
—¿Por eso dijiste que preferías morir antes que casarte conmigo?
—Necesitaba que me odiaras.
—¿Y amenazar con hacerte daño?
Cerré los ojos.
—Necesitaba que dejaras de seguirme.
Ethan dejó caer la carpeta sobre la mesa.
—Tres años.
Su voz se quebró.
—Me pasé tres años preguntándome qué había hecho para que la mujer con la que quería pasar mi vida me mirara como si yo fuera basura.
—Quería protegerte.
—¡No tenías derecho a decidir por mí!
No pude discutirlo.
Porque tenía razón.
—Vi lo que ocurrió con mis padres —susurré—. No podía arriesgarme a repetirlo contigo.
Ethan se quedó completamente quieto.
Entonces comprendió.
—Tu padre.
Asentí.
—Yo tenía miedo de convertirme en él.
Ethan miró los informes otra vez.
—¿Y qué dicen tus médicos ahora?
—Que necesito seguimiento. Que hay síntomas que deben controlarse. Que todavía están evaluando mi evolución.
No intentó prometerme milagros.
Era médico.
Sabía que algunas respuestas no podían inventarse.
Solo preguntó:
—¿Estás siguiendo el tratamiento?
—Sí.
Se sentó frente a mí.
—Entonces escucha algo.
Su voz volvió a ser tranquila.
—No voy a fingir que estos tres años no existieron.
—Lo sé.
—No voy a perdonarte esta noche.
Asentí.
—Lo sé.
—Y tampoco voy a convertirme otra vez en tu pareja simplemente porque ahora conozca la verdad.
Aquello dolió.
Pero era justo.
Ethan tomó la cartera que había dejado sobre la mesa.
Observó nuestra vieja fotografía.
—Pero tampoco voy a seguir odiándote por una mentira.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Ethan…
—Mañana tienes una revisión de la quemadura.
Se levantó.