No pude responder.
Ethan encendió el motor.
—Voy a llevarte a casa.
Durante todo el trayecto permanecimos en silencio.
Pero al llegar a mi edificio ocurrió algo que destruyó los tres años de mentiras que había construido.
En cuanto bajé, perdí el equilibrio.
Ethan me sostuvo.
Mi bolso cayó al suelo.
Una caja de medicamentos se deslizó bajo el automóvil.
Él se agachó.
La recogió.
Y leyó la etiqueta.
Su rostro cambió.
—¿Desde cuándo tomas esto?
Se la quité.
—No es asunto tuyo.
—Soy médico.
—Eres mi ex.
Entré al edificio.
Él me siguió.
—Claire.
—Vete.
—¿Tiene relación con lo que dijiste dormida?
Me giré.
—¡Te dije que te fueras!
El pasillo quedó en silencio.
Ethan me observó.
Y entonces dijo:
—La noche antes de proponerte matrimonio desapareciste durante cuatro horas.
Mi sangre se heló.
—Cuando regresaste tenías una pulsera de hospital.
Yo había olvidado aquello.
Él no.
—Me dijiste que habías acompañado a una amiga.
Avanzó un paso.
—No había ninguna amiga, ¿verdad?
No pude seguir mintiendo.
Entré al apartamento.
Abrí un cajón.
Saqué la carpeta que llevaba tres años escondiendo.
Informes.
Estudios.
Evaluaciones.
Seguimiento neurológico.
Se la entregué.
Ethan leyó en silencio.
Una página.
Luego otra.
Su rostro perdió lentamente toda expresión.
—¿Sabías esto antes de dejarme?
Asentí.
—¿Y por eso hiciste todo aquello?
No respondí.