Con frecuencia, les recuerda a los nuevos empleados que no hay tarea más importante que escuchar a su cuerpo cuando no se sienten bien.
Y cuando los visitantes le sonríen a su mejor amigo, Julius se siente satisfecho con el recinto.
«Los años que lo cuidé», dijo, «fueron de los mejores de mi vida. Pero el día que más necesitaba ayuda, me recordó que la autoconfianza y la resiliencia a veces pueden surgir de los lugares más inesperados».
Su historia sigue inspirando a los visitantes, no porque sugiera que los animales piensan exactamente como los humanos, sino porque pone de relieve las extraordinarias relaciones que pueden desarrollarse a lo largo de los años a través de la paciencia, la compasión y el respeto.