La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas, una lluvia persistente que hacía que todo el edificio pareciera más pequeño. Las luces fluorescentes zumbaban en lo alto. En algún lugar del fondo, una impresora hacía clic, alimentaba papel y volvía a quedarse en silencio. De repente, cualquier sonido cotidiano parecía demasiado fuerte.

El jefe Enzo me miró fijamente con la mandíbula apretada.
—¿Qué crees que estás haciendo exactamente? —preguntó.
Miré a mi madre antes de responder.
Le temblaban los hombros, aunque se esforzaba por que nadie la viera. Aun allí sentada, herida, esposada y humillada, mantenía la barbilla en alto. Esa era mi madre. Eleanor Peterson podía tener miedo, pero no suplicaba.
—Vuelvo a preguntar —dije en voz baja—. ¿Quién autorizó el arresto?
La habitación permaneció en silencio.
El oficial de guardia tragó saliva. “El jefe Enzo lo aprobó”.
Los ojos del jefe Enzo se clavaron en él.
El joven oficial bajó la mirada inmediatamente.
Asentí lentamente. “¿Y la causa probable?”