Ethan se detuvo. Vio el terror absoluto en los ojos de Clara: el pánico instintivo de una madre acorralada, dándose cuenta de que un desconocido había utilizado recursos ingentes y aterradores solo para encontrar su apartamento.

—Lo siento —dijo Ethan, bajando la voz a un tono bajo y tranquilo. Lentamente, levantó las pesadas bolsas de papel de la farmacia y la charcutería, asegurándose de que las brillantes etiquetas de los botes de leche de fórmula fueran visibles a través de la abertura—. Era una práctica habitual de la empresa. Lo siento. Pero les prometo que estoy aquí solo por el mensaje. Yo vivía en un apartamento como este. Mi madre tampoco podía permitirse comprar leche de fórmula. No podía simplemente ignorarlo.