Daniel sintió que el mundo se detenía.
Miró la fotografía.
Luego a Raquel.
Volvió a mirar la imagen.
—No… eso es imposible.
Raquel respiró con dificultad.
—Estoy segura.
La fotografía mostraba a un hombre sonriente junto a un lago.
Era la última imagen que Daniel conservaba de su padre, Eduardo Salazar.
Según toda la familia, había muerto en un accidente automovilístico cuando Daniel tenía ocho años.
La cicatriz sobre la ceja izquierda era inconfundible.
—Lo vi caer por las escaleras ese día —continuó Raquel con voz temblorosa—. Tu madre le gritó “Tom”. Él intentó sujetarme cuando perdí el equilibrio, pero no alcanzó.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Estás diciendo que mi padre sigue vivo?
Ella asintió lentamente.