Ocho años de comprobantes.
Su padre se cubrió el rostro.
—Entonces todo era mentira.
Pero faltaba lo peor.
Mauricio había utilizado documentos firmados por sus padres para garantizar deudas de una empresa que había creado con un socio.
Cuando el negocio comenzó a hundirse, vendió la casa.
A sus padres les dijo que solo firmaban una refinanciación para salvarla.
—¿Y el dinero de la venta?
Su padre soltó una risa amarga.
—Nunca vimos un peso.
Daniela abrió las fotografías del contrato.
La empresa compradora estaba relacionada con Mauricio.
Aquello ya no parecía simplemente la traición de un hijo.
Parecía una operación preparada.
—Nos vamos —dijo Daniela.
Su madre negó rápidamente.
—Mauricio dijo que si hablamos, nos meterá en problemas.
—Mamá.
Daniela recogió las monedas del suelo y las puso dentro del vaso.
Después lo dejó sobre el banco.
—Ustedes no van a volver a pedir dinero aquí.
Esa tarde los instaló en un hotel.
No llamó a Mauricio.
No respondió sus mensajes.
En cambio, contactó a una abogada y le entregó absolutamente todo.
Comprobantes de transferencias.
Fotografías del contrato.
Mensajes.
Datos de la empresa.
La abogada tardó horas revisándolos.
Finalmente levantó la cabeza.
—Daniela, aquí hay algo importante.
Giró la computadora.
—El dinero que enviabas desde España entraba regularmente en la cuenta que tú conocías.
—Sí.
—Pero después era transferido.
Daniela acercó la silla.
Decenas de movimientos aparecieron en pantalla.
Muchos terminaban en cuentas vinculadas a Mauricio.
Otros iban a una empresa.
Y algunos…