Daniela sintió que el teléfono pesaba una tonelada.
“Ya sé que estás con ellos.”
Su madre leyó el mensaje por encima de su hombro y palideció.
—Nos encontró.
—¿Por qué le tienen miedo a Mauricio?
Su padre miró otra vez hacia la camioneta negra.
—Porque esa camioneta es de la gente a la que le debe dinero.
Daniela se quedó inmóvil.
—¿Qué dinero?
Su madre comenzó a llorar.
—El tuyo.
Durante los siguientes minutos, la verdad salió a pedazos.
Los primeros años, Mauricio sí les entregaba parte de las transferencias.
Después empezó a quedarse con pequeñas cantidades.
Luego con la mitad.
Finalmente, con todo.
Cuando sus padres preguntaban, él aseguraba que Daniela había dejado de enviar dinero.
—Nos dijo que habías formado otra vida en España —susurró su madre—. Que estabas cansada de mantenernos.
Daniela sintió náuseas.
—Yo envié dinero todos los meses.
Sacó el teléfono.