La limusina subió hacia un hotel reforzado en Tampico, reservado por Mercedes desde que Ximena pasó a categoría 4. En la suite había ropa de la talla de Camila, medicinas, comida caliente y una fotografía de Gabriel sonriendo junto a una cerca azul.
Mientras el viento golpeaba los ventanales, Mercedes abrió un portafolio.
—Hay algo que Rogelio ignora. Esa casa nunca perteneció a tu madre.
Le explicó que Gabriel la había comprado mediante un fideicomiso familiar financiado por ella. Al morir, Camila quedó como beneficiaria. Elena conservó un derecho de habitación condicionado: podía vivir ahí, pero no vender, hipotecar ni permitir que otro usara la propiedad para enriquecerse. Tampoco podía poner en riesgo a la beneficiaria.
—¿Entonces por qué dijiste “demuelan”?
—Porque Rogelio levantó una cochera, una barda y 2 cuartos sin permiso sobre terreno del fideicomiso. Demoleremos lo que construyó con tu dinero. La casa de tu padre se queda.
A la mañana siguiente llegó la licenciada Renata Cárdenas con 3 carpetas. La primera contenía el fideicomiso. La segunda, las transferencias del seguro. La tercera revelaba algo peor: Rogelio había pedido un préstamo por $650,000 usando la casa como garantía y afirmando bajo protesta que era propietario.
Debajo aparecía la firma de Elena.
Renata colocó al lado una firma certificada. La auténtica tenía una E amplia y una inclinación firme. La del préstamo era lenta, plana y temblorosa.
—Parece copiada —dijo Camila.
—Y el banco tiene un video de la firma —respondió Renata—. El hombre que acompañó a tu madre evitó que mirara a la cámara.
El teléfono de Camila sonó. Rogelio.
—Recibí una notificación. Dile a esa vieja que se retire.
—Me dejaste afuera durante un huracán.
—Tú saliste por voluntad propia.
—Mi madre te vio cerrar.
Hubo un silencio breve.
—Te mantuve 14 años. Me debes esa casa.
—No te debo lo que robaste.
Rogelio colgó y, 20 minutos después, publicó en Facebook que una “heredera millonaria” quería desalojar a 2 damnificados. Subió fotos de la fachada dañada y escribió que Camila había abandonado a su madre. Los vecinos comenzaron a compartirlo. Algunos la llamaron desagradecida. Otros acusaron a Mercedes de aprovechar la tragedia para apropiarse de la colonia.
Camila estuvo a punto de rendirse hasta que doña Matilde envió un video grabado desde su ventana. Se veía a Rogelio empujándola afuera, cerrando con llave y retirando sus sandalias del porche.
La habitación quedó en silencio, salvo por el rugido lejano del viento.
Pero el golpe más duro llegó esa noche.
Elena apareció sola en el hotel, empapada y con un moretón en la muñeca. Rogelio había intentado obligarla a firmar una declaración asegurando que Camila era inestable y que había inventado el robo.
—Yo firmé el poder del seguro —confesó Elena—, pero él me dijo que era para pagar tus estudios. Después escondió los estados de cuenta. También imitó mi firma para el préstamo.
Camila la miró sin acercarse.
—¿Y por qué me dejaste afuera?
Elena comenzó a llorar.
—Porque llevo años teniendo miedo. Pero eso no te salva de lo que yo permití.
Sacó de su bolsa una memoria USB. Contenía audios, fotografías y una hoja de cálculo con cada transferencia. Rogelio había usado parte del seguro para comprar maquinaria y abrir un taller a nombre de su hermano.
Renata conectó la memoria. En el último audio se escuchaba la voz de Rogelio hablando por teléfono.
—Cuando pase el huracán, vendemos rápido. Si Camila reclama, diremos que está loca. Elena ya firmará lo que sea.
Camila sintió que el frío regresaba a sus huesos. Mercedes cerró el portafolio.
—Mañana recuperaremos la casa.
Elena negó con desesperación.
—No pueden esperar. Rogelio metió gasolina y documentos en la camioneta. Dijo que antes de entregar algo, prefería que no quedara nada.
PARTE 3
Apenas amaneció, 2 patrullas, una unidad de Protección Civil y el equipo jurídico de Mercedes llegaron a la colonia. La lluvia había disminuido, pero las calles seguían cubiertas de agua y cables caídos. Frente a la casa, Rogelio cargaba cajas en una camioneta. En la cochera había 4 bidones de gasolina.
Camila bajó del vehículo junto a Renata. Mercedes permaneció detrás, vigilando sin intervenir.
—Aléjate de mi propiedad —gritó Rogelio.
—Nunca fue tuya —respondió Camila.