Las tablas del porche crujieron bajo mis zapatos mientras subía los escalones con mi pequeña maleta y mi vieja columna vertebral de viuda.
Una mujer abrió la puerta antes de que Moisés pudiera llamar.
Aparentaba tener casi setenta años, con una espesa melena plateada recogida y un rostro surcado por las huellas del tiempo y la contención.
Sus ojos se posaron primero en mí, luego en la fotografía que tenía en la mano, y algo se tensó en su boca.

No hostilidad.
Reconocimiento.
De ese tipo que llega antes que las palabras y hace que el cuerpo se prepare para el dolor como la lluvia antes de caer.
—Me llamo Clara —dijo.
Su español era suave, pausado, cuidadoso conmigo, como si hubiera practicado la calma durante muchos años y ya no pudiera hablar de otra manera.
Detrás de ella, la casa olía a café, madera húmeda y jabón medicinal, y solo ese olor me provocó un dolor de pecho inesperado.
Olía igual que la habitación donde cuidé a Roberto.
No es exactamente lo mismo.
Pero lo suficiente como para que, por un estúpido y débil segundo, pensara que tal vez el dolor finalmente había aflojado mi mente y había comenzado a organizar fantasmas.
Clara se hizo a un lado y me invitó a pasar.
En la pared justo después de la entrada había fotografías enmarcadas, ninguna cara, todas limpiadas con esmero, cada una colocada con la atención que merece por su ausencia.