PARTE 1: EL APARTAMENTO QUE NOS SALVÓ
Cuando mi matrimonio terminó, tenía treinta y un años, una hija de cuatro años, 1.100 dólares en mi cuenta bancaria y un coche que solo arrancaba si giraba la llave dos veces.
Eso era todo lo que aún poseía.
Mi hija, Trixie, era demasiado pequeña para entender por qué su padre se había marchado o por qué estábamos metiendo todas nuestras pertenencias en cajas de cartón.
—¿Vamos a algún sitio divertido? —preguntó, mostrando un suéter morado.
—Vamos a un lugar nuevo —le dije.
¿Vendrá papá?
“Hoy no, cariño.”
Aceptó la respuesta y metió el suéter en la caja. Me di la vuelta antes de que pudiera verme llorar.
Trabajaba a tiempo parcial en una clínica dental, pero mis ingresos apenas me alcanzaban para la comida. La mayoría de los apartamentos exigían depósitos, verificación de crédito, referencias y comprobantes de ingresos que no podía proporcionar. Algunos propietarios dejaron de responderme en cuanto mencioné que tenía un hijo.
Entonces encontré un aviso escrito a mano pegado con cinta adhesiva en la ventana de un supermercado.
**APARTAMENTO SOBRE GARAJE EN ALQUILER. CALLE PALMER. $800. PREGUNTAR POR ÁLVAREZ.**
El apartamento estaba detrás de una vieja casa azul.
Tenía un dormitorio, una cocina diminuta y un suelo inclinado cerca del baño. El frigorífico zumbaba constantemente y la ventana sobre el fregadero daba a una hilera de tomateras.
Para mí, parecía seguridad.
Trixie corrió hacia el dormitorio.
“¿Puedo poner estrellas en el techo?”
“Ya veremos.”
“Eso significa que no.”
“Eso significa que ya veremos.”
Abrió el armario y frunció el ceño.
“Es pequeño.”
“Tu ropa también.”
Eso la hizo reír.
El señor Álvarez nos recibió en la entrada. Tendría unos setenta años, vestía una camisa de trabajo gris y su rostro no revelaba casi nada.
Me miró a mí, luego a Trixie, y después a mi coche poco fiable.
“¿Fuma usted?”