PARTE 1
La esposa de Julián lo recibió con un abrazo frente a los vecinos mientras, detrás de una puerta cerrada con candado, su madre pedía auxilio con una voz que no tenía nada de confusa. El capitán Julián Andrade acababa de volver a Querétaro después de 11 meses en una comisión de inteligencia en la frontera sur. Aún llevaba el uniforme cuando Jimena se colgó de su cuello como si hubiera esperado ese momento toda la vida.
—Mi amor, no sabes cuánto sufrí sola.
Doña Lupita, la vecina de enfrente, se acercó con lástima.
—Pobre de tu esposa, hijo. La demencia de tu mamá avanzó muy rápido.
Jimena bajó la voz, pero se aseguró de que todos escucharan.
—Se cae, se golpea, grita y me acusa de robarle. Ayer me atacó.
Le mostró unas marcas rojizas en la muñeca, demasiado simétricas para parecer un forcejeo real. Entonces un golpe seco resonó al fondo de la casa.
—¿Julián? ¿Eres tú?
Era la voz de Elena, su madre. Débil, angustiada, pero perfectamente consciente.
La sonrisa de Jimena se endureció.
—Cuando escucha voces de hombres se altera. El psiquiatra dijo que no conviene estimularla.