—Quiero verla.
Durante un segundo, el miedo cruzó el rostro de Jimena.
—El doctor Salgado vendrá mañana. Cree que ya necesita una residencia especializada.
Julián caminó por el pasillo. Jimena lo siguió diciendo que Elena dejaba abierta la llave del gas, escondía cuchillos y había intentado escapar. La puerta del antiguo cuarto de visitas tenía un cerrojo nuevo por fuera.
—¿Por qué hay un candado?
—Por su seguridad.
Al abrir, un olor a encierro y comida vieja llenó el pasillo. Las cortinas estaban clavadas. Elena permanecía sentada en el suelo, con un camisón manchado y el rostro consumido. Tenía moretones en ambos brazos y una herida seca sobre la ceja.
Pero sus ojos estaban firmes.
—Hijo, no le creas. Me tiene encerrada.
Jimena suspiró.
—¿Ves? Esa paranoia no se le quita.
Elena se estremeció al escucharla. Julián sintió subir la rabia, pero 12 años en inteligencia militar le habían enseñado a no revelar lo que sabía. Se arrodilló, besó la frente de su madre y le tomó la mano.
—Tranquila, mamá. Jimena me contó todo.
Elena abrió los ojos, devastada. Entonces Julián apretó sus dedos 2 veces, la señal que usaban desde que él era niño: confía en mí.
Después abrazó a su esposa.
—Debes estar agotada.
Jimena relajó los hombros.
—No tienes idea.
Por encima de ella, Julián vio una pequeña cámara sobre el marco. No apuntaba al pasillo, sino directamente a la cama de Elena.
—Mañana haremos lo necesario —dijo con calma—. Mamá recibirá exactamente la ayuda que necesita.
Esa tarde, Jimena preparó mole poblano y abrió vino. Mientras hablaba, Julián activó la grabadora cifrada de su reloj.
—Cuando la internen, podremos vender su casa de Coyoacán. Vale una fortuna.
—¿Y su pensión?
—Yo la administro. Medicinas, cuidadoras, consultas.
No había cuidadoras. Elena le había susurrado que los golpes aparecían cada vez que se negaba a firmar documentos. Jimena le quitaba el teléfono, los lentes y la comida, y decía a los vecinos que cualquier grito era parte de la demencia.
—Has cargado con todo —dijo Julián.
Jimena sonrió.
—Tu madre juraba que iba a denunciarme.
—¿Y qué le dijiste?
—Que nadie le creería a una vieja con demencia.
Debajo de la mesa, Julián cerró el puño.
—Mañana, cuando el doctor firme, estará internada antes del mediodía. Después será más fácil usar el poder notarial.
Jimena trajo una carpeta azul. En la última hoja había una firma que imitaba la de Elena. Julián conocía cada curva de aquella rúbrica.
La falsificación era mala.
—Pensaste en todo.
—Tuve 11 meses.
Esa noche, cuando Jimena creyó que él dormía, Julián entró al estudio con una clave de emergencia y encontró transferencias, fotografías manipuladas y un video capaz de mandar a su esposa a prisión.
¿Tú habrías fingido calma como Julián? Cuéntalo, comparte esta historia y busca la siguiente parte en los comentarios.
PARTE 2
A las 2:07 de la madrugada, Julián cerró la puerta del estudio y conectó una memoria cifrada a la computadora. En el primer cajón encontró estados de cuenta con transferencias por más de $1,460,000 pesos desde las cuentas de Elena hacia una empresa de consultoría registrada a nombre de un primo de Jimena. En otro folder había correos enviados al doctor Salgado con descripciones de alucinaciones, ataques y pérdidas de memoria que Elena jamás había sufrido. También aparecían mensajes con la directora de una residencia privada en San Juan del Río, donde ya discutían la venta de la casa de Coyoacán y el porcentaje que recibiría cada uno.
Luego abrió la carpeta de la cámara instalada en el dormitorio.
En el video, Jimena entraba con una charola y un documento.
—Firma.
—No voy a darte mi casa.
—No te estoy preguntando.
Elena intentaba ponerse de pie. Jimena la empujaba contra el buró y después le daba una bofetada.
—Ese moretón servirá para la evaluación. Si gritas, mejor. Todos ya saben que estás loca.
Julián sintió náuseas, pero no detuvo la reproducción. Copió el archivo, los correos, las cuentas y las fotografías en 3 dispositivos. También subió todo al servidor de su abogado. Después llamó al coronel retirado Mateo Rivas, antiguo jefe suyo y actual asesor de la Fiscalía de Querétaro en casos de violencia contra adultos mayores.
—Necesito que mires algo ahora.
Mateo guardó silencio durante la grabación.
—¿Puedes seguir actuando hasta la consulta?
—Sí.
—No la enfrentes. La fiscalía pedirá la orden esta misma noche.
Antes de salir del estudio, Julián encontró un recibo de farmacia. Jimena había comprado sedantes con una receta emitida a nombre de Elena. Sin embargo, el médico firmante llevaba 8 meses muerto. En ese momento comprendió que el plan no solo consistía en encerrarla. Querían drogarla para que pareciera desorientada frente al psiquiatra.
A la mañana siguiente, Jimena apareció con un vestido blanco, perlas y una sonrisa tranquila. Elena salió del cuarto con las muñecas cubiertas por mangas largas. Apenas podía caminar.
—Le di su medicamento para que no se altere —dijo Jimena.
Julián miró a su madre. Sus pupilas estaban pesadas.
—¿Qué le diste?
—Lo de siempre.
Él tomó la carpeta médica que Jimena había preparado. Bajo la chamarra llevaba otra, con copias forenses y una memoria.
En la clínica, el doctor Salgado los recibió en un consultorio con muebles de nogal. Jimena sostuvo a Elena del codo con demasiada fuerza.
—Despacio, señora Elena. Ya sabe que se cae mucho.
Elena apretó los labios y miró a su hijo.
El doctor revisó sus notas.