No respondí. Simplemente apreté con más fuerza la servilleta que sostenía entre las manos.
A las dos comenzaron a llegar los invitados. En cuanto Margaret entró en la casa, me examinó de arriba abajo. No me abrazó ni me preguntó cómo estaba. Se limitó a quitarse el abrigo y decir:
—Veo que todo ese tiempo que has pasado en la cocina no ha sido en vano.
Su tono era burlón, pero permanecí en silencio.
Al principio, el almuerzo transcurrió tranquilamente. Todos hablaban, reían y felicitaban a Michael. Llené los platos de los invitados, cambié los vasos vacíos y saqué el pastel.
Sin embargo, Margaret observaba cada uno de mis movimientos. Cuando puse un poco de ensalada en mi plato, miró a Michael y sonrió con desprecio. Cuando tomé una rebanada de pan, suspiró exageradamente. Y cuando extendí el tenedor hacia las patatas, de repente habló tan fuerte que toda la mesa quedó en silencio.
—¡Deja de comer! ¿No ves lo que te has hecho? Has engordado tanto que a mi hijo ya le da vergüenza salir de casa contigo.
Nadie se movió.
La hermana de Michael bajó la mirada. Su padre fingió estar bebiendo agua. Uno de nuestros amigos se movió incómodo en su silla.
Y Michael no dijo nada.
Lo miré, esperando que al menos por una vez me defendiera.
—Mamá, ya basta —murmuró.
Pero su voz fue tan débil que sonó más como una súplica que como una defensa.
Margaret continuó: