PARTE 2
El silencio en la cocina era tan tenue que parecía que el más mínimo ruido lo rompería. Mi madre bajó la mirada con impaciencia hacia la gruesa carpeta negra que tenía en las manos, y sus labios brillantes se curvaron en un gesto de enfado. Mi padre golpeó el suelo de madera con su pesado zapato de cuero, cruzando los brazos sobre su camisa de lino con un profundo suspiro.

—¿Qué es eso, Jane? —preguntó papá con la misma autoridad severa y desdeñosa con la que me había controlado toda la vida—. ¿Es la distribución de la póliza? No tenemos tiempo para tus dramas. El trato de Marcus tiene que cerrarse el lunes por la mañana, o el puesto irá a parar a otro inversor. Cuarenta mil en efectivo, ahora mismo. Puedes transferirlo directamente a su cuenta bancaria.
Marcus ni siquiera me miró. Estaba absorto en su teléfono, completamente despreocupado, recostado contra la encimera de la cocina, justo al lado de la taza de café favorita de Samuel. «Sí, hermana. Date prisa. Llevamos seis horas atrapados en un avión porque mamá insistió en que viniéramos a recoger el cheque en persona».
—Un cheque —dije en voz baja. La palabra me supo a ceniza en la boca—. Viniste directamente del aeropuerto a cobrar un cheque.
—¡Claro que sí! —exclamó mamá, dando un paso al frente y arrebatándome la carpeta de las manos—. ¡El futuro de tu hermano está en juego! Estás aquí sumida en la autocompasión mientras la vida sigue su curso. Samuel ya no está, Jane. Llorar sobre lo que ya pasó no lo traerá de vuelta, ni a él ni a Penélope. Pero esta inversión puede asegurar el patrimonio familiar para las próximas generaciones. ¡Ahora dame los papeles!
No me aparté. Simplemente coloqué la gruesa carpeta negra plana justo en el centro de la mesa de comedor de roble.
Observé el rostro de mi madre, surcado de arrugas por una semana de sol tropical, sin derramar una sola lágrima por su nieta de seis años. Miré a mi padre, cuya única preocupación era proteger la reputación de su hijo predilecto. Y miré a Marcus, el chico que lo había recibido todo mientras yo me quedaba con las sobras.
—¿Quieres saber qué hay dentro de esta carpeta? —pregunté con una voz terriblemente tranquila. El vacío y asfixiante dolor que me oprimía el pecho desde el accidente se transformó de repente en una fría y aterradora claridad—. No es la póliza de seguro de vida de Samuel.