***A mi hijo le importaba más un sobre anónimo de cumpleaños que el pastel o los regalos. En su decimoctavo cumpleaños, la carta que contenía lo cambió todo.***
Jamás imaginé que un simple sobre blanco pudiera hacerme sentir incómodo con respecto al cumpleaños de mi propio hijo.
El primero llegó cuando Adrian cumplió seis años.
Sin purpurina.
Sin pegatinas.
No reconocí ninguna dirección de remitente.
Solo nuestra dirección escrita con letra pulcra y cuidada. Dentro había una postal de cumpleaños genérica con un globo de dibujos animados en el anverso y cinco dólares doblados tan perfectamente que parecían prensados.
> ***Eso fue todo.***
Sin firma.
Ni idea.
Nada personal.
En aquel momento, lo descarté.
Los niños reciben correo de cumpleaños inesperado. Los parientes lejanos se acuerdan tarde. Las personas mayores olvidan firmar las tarjetas. La vida es un caos.
Yo era una madre soltera que intentaba pagar las facturas y tener comida en la despensa, así que no tenía energía para investigar cinco dólares y una postal de saldo.
Y al año siguiente ocurrió lo mismo.
Otro sobre liso.
Otra tarjeta de cumpleaños sencilla.
Otro billete pequeño metido dentro.
Al tercer año, Adrián lo había convertido en una tradición.
“Revisa el buzón, mamá”.
—Son las siete de la mañana —le dije.
“¿Y si llegan antes de tiempo?”
“El correo no es mágico”.
Él sonrió.
“¿Y si se trata de correo misterioso?”
Todavía lo recuerdo de puntillas, cerca de la ventana principal, esperando el camión de correos como si todo dependiera de ello.
No el pastel.
No los regalos.
No los amigos que vienen después.
Solo ese sobre.