Stella subió al avión con pasos lentos y cuidadosos, rozando con la mano el respaldo de cada asiento mientras avanzaba por el pasillo. Era su primer vuelo y ya tenía ochenta y cinco años.
Su corazón latía con una mezcla de nerviosismo y alegría. Había ahorrado durante años para poder permitirse un asiento en clase ejecutiva en este corto viaje, y por fin había llegado el momento.
Esa mañana había elegido su mejor ropa. No era nueva ni cara, pero estaba limpia y planchada, y transmitía la dignidad de una mujer que había trabajado toda su vida.
Al acercarse a su fila, se detuvo y volvió a mirar su boleto. El número coincidía. Sonrió levemente para sí misma y se sentó junto a la ventana.
El hombre que estaba a su lado ya estaba acomodado. Vestía una chaqueta a medida, un grueso reloj de oro y una expresión que se agrió en cuanto la vio.