La miró con frío desprecio y respondió: «Frao Hofmann, usted está aquí para obedecer órdenes, no para hacer preguntas. Si no puede cumplir con sus deberes, le buscaré un lugar en otro campo, como prisionera».
Greta lo entendió. Estaba atrapada. Si se negaba, sería destruida. Así que se quedó. Pero hizo algo peligroso: empezó a escribir un diario. Cada noche, a la luz de las velas en su pequeña habitación, Greta registraba lo que veía. Anotaba los nombres de las mujeres que reconocía. Describía los experimentos. Documentaba las muertes. Sabía que si la atrapaban, la fusilarían. Su diario, descubierto en 1978 en una caja sellada en el sótano de su casa en Múnich, se convirtió en una de las pruebas más importantes sobre lo ocurrido en la unidad médica del Campo n.º 23.
En una de sus anotaciones, fechada el 15 de abril de 1943, escribió: «Hoy trajeron a un nuevo grupo de mujeres, 23 personas. Entre ellas, una joven que no tendría más de dieciocho años. Llevaba finas trenzas alrededor de la cabeza. Lloraba y llamaba a su madre. El Dr. Völker la eligió primero. No puedo soportarlo más. No puedo soportarlo más. Pero si no continúo, ¿quién será el testigo? ¿Quién le contará al mundo lo que pasó aquí?».
Greta sabía que la mayoría de las mujeres que pasaron por sus manos no sobrevivirían, pero también sabía que debía recordar sus nombres, escribir sus historias, porque de lo contrario, desaparecerían para siempre, como si nunca hubieran existido. Las mujeres estaban encerradas en celdas de piedra húmedas en el sótano de una vieja fábrica. No había ventanas. No había luz natural. Solo una bombilla tenue parpadeaba en el techo, mientras camiones militares retumbaban al pasar por la carretera de arriba. El frío era tan intenso que algunas mujeres se despertaban con los labios agrietados y temblaban toda la noche. No había colchones, solo paja vieja y mantas desgarradas que olían a moho y orina.
El ritual era inmutable. A las seis de la mañana, los soldados golpeaban los barrotes de hierro de las celdas con las culatas de sus fusiles. «¡Arriba!». Las mujeres eran conducidas con voz grave a través de pasillos helados hasta una gran sala que antaño había servido de almacén para las telas de la fábrica. Allí, bajo la dura luz blanca de lámparas quirúrgicas improvisadas, el Dr. Volker realizaba sus experimentos. Tres asistentes permanecían a su lado: enfermeras alemanas, reclutadas a la fuerza, que obedecían órdenes sin levantar la vista. Y en un rincón de la sala, siempre con las manos entrelazadas a la espalda, el oficial de las SS Klaus Rittner observaba la escena en silencio. Nunca decía una palabra; simplemente tomaba notas. Y eso era aún más aterrador.
“Austien Unthinknen, desnúdense y arrodíllense.”
Los soldados repitieron la orden en un ruso entrecortado pero comprensible. Algunas mujeres obedecieron de inmediato, ya resignadas. Otras vacilaron, mirando a su alrededor, buscando la manera de presenciar el milagro. Pero no había nada, solo el frío, el silencio y la mirada indiferente del Dr. Volker. Volker no gritó, no amenazó; simplemente esperó. Y cuando todas estuvieron de rodillas, desnudas y vulnerables, comenzó su trabajo, inyectándoles sustancias desconocidas. Las mujeres recibieron inyecciones de soluciones cuya composición desconocían. Volker observó las reacciones: vómitos, convulsiones, pérdida del conocimiento. Anotó todo en sus cuadernos: la hora en que apareció la reacción, la intensidad de los síntomas, la hora de la muerte, si la hubo. Todo quedó registrado con precisión científica.
Pruebas de resistencia al frío. Las mujeres eran sumergidas desnudas en piscinas de agua helada a temperaturas de entre 2 y 5 grados Celsius, inmovilizadas con correas de cuero que les lastimaban las muñecas y los tobillos. Volker cronometraba cuánto tardaban en perder el conocimiento. Les tomaba la temperatura corporal cada cinco minutos con termómetros rectales. El contacto era brutal y agresivo, lo que añadía una dimensión aún más humillante a la tortura física. Algunas mujeres aguantaron 15 minutos, otras media hora. Ninguna duró más de una hora. Cuando las sacaban del agua, su piel estaba azulada, sus labios violáceos y sus ojos vidriosos. Algunas nunca recuperaron la conciencia. Las llevaban de vuelta a sus celdas, donde morían solas, de noche, de frío.
Volker no solo observó; también probó diferentes métodos de calentamiento. Algunas mujeres, sumergidas hasta la muerte, fueron presionadas contra los cuerpos desnudos de soldados alemanes para determinar si el calor humano podía reanimarlas. Otras fueron sumergidas en baños de agua hirviendo, lo que provocó un choque térmico que a menudo derivó en un paro cardíaco. Volker registró todo por escrito. El método más eficaz, según sus notas, fue el calentamiento gradual con mantas térmicas. Pero esta conclusión costó decenas de vidas. Mujeres murieron de hipotermia, de paro cardíaco por el choque, todo por el mero hecho de registrar información en un cuaderno negro. Otro experimento consistió en inducir infecciones deliberadamente.
Volker inyectó bacterias vivas —tétanos, gangrena, septicemia— en pequeñas incisiones hechas en las piernas o los brazos de los prisioneros. Luego observó la progresión de la infección sin tratarlos. Anotó la rapidez con que subía la fiebre, el color de la piel alrededor de la herida y cuándo comenzaba el delirio. Algunos murieron después de tres días, otros después de una semana. Comparó los resultados y elaboró patrones. Y cuando un prisionero moría, simplemente anotó: “El sujeto número 12 murió a continuación”. También realizó ensayos con antisépticos experimentales aplicados a heridas abiertas sin anestesia. Las mujeres gritaban, forcejeando contra las correas que las sujetaban a las mesas de metal. Volker midió la intensidad del dolor observando las contracciones musculares, la dilatación de las pupilas y la frecuencia cardíaca. Para él, el dolor no era sufrimiento. Esto implicaba datos fisiológicos que debían registrarse y analizarse.
Pero quizás lo más perturbador era la presencia constante del oficial de las SS Klaus Rittner. Nunca tocaba a nadie. Nunca daba órdenes directas. Simplemente observaba y tomaba notas. Llevaba una pequeña libreta de cuero negro y escribía con pluma estilográfica, siempre de pie, siempre en silencio, siempre con la misma mirada fría, como si presenciara una intervención quirúrgica rutinaria en lugar de una atrocidad. Rittner representaba algo más insidioso que el propio Völker. Völker era un científico, aunque perverso. Rittner era un burócrata. No se ensuciaba las manos, pero su presencia lo confirmaba todo. Era un testigo oficial, el guardián de la legalidad administrativa. Y fue precisamente esta burocratización del horror lo que lo hizo posible. Sin Rittner, Völker no habría sido más que un médico loco. Con Rittner, era un investigador autorizado. Y es precisamente este permiso, esta aprobación sistémica, lo que convirtió a la maquinaria nazi en algo más peligroso que la mera violencia individual.