El teléfono apenas sonó una vez.
—Coronel Ricardo Bennett —dijo mi padre con una serenidad que me heló la sangre—. Necesito una patrulla, una ambulancia y un representante de la Fiscalía en la residencia de mi hija. Sospecha de violencia familiar contra una mujer embarazada de treinta y dos semanas. El presunto agresor es un capitán en activo.
Esteban dejó de respirar por un instante.
Margarita dio un paso adelante.
—¡Está exagerando! Esto es un asunto familiar.
Mi padre ni siquiera la miró.
—No, señora. En el momento en que una mujer embarazada presenta lesiones compatibles con agresión, deja de ser un asunto familiar.
Colgó.
Después marcó otro número.kara
Esta vez tardaron menos de cinco segundos en responder.
—General Álvarez.
—Necesito que localice al comandante directo del capitán Esteban Cole. Ahora mismo.
El color desapareció del rostro de mi esposo.
—Ricardo, piense bien lo que está haciendo.
Mi padre guardó el teléfono en el bolsillo.
—Llevo treinta y cinco años pensando antes de actuar.
Se acercó hasta él.
—Tú llevas meses creyendo que nadie iba a descubrirte.
Margarita intentó recuperar el control.
Era experta en eso.
En cuanto una mentira se desmoronaba, construía otra.
—Coronel, Clara siempre ha sido una niña muy emocional. Tiene cambios de humor por el embarazo. Incluso la doctora…
—¿Qué doctora?
Ella dudó apenas un segundo.
—La ginecóloga.