PARTE 1: La hermana que nos mantuvo unidos
Había una vez tres hermanas.
Yo, Leila y Nora.
La gente suele creer que el tiempo lo cura todo, pero algunas pérdidas simplemente aprenden a ocultarse bajo la superficie. La nuestra fue una de ellas.
Tras la muerte de Nora, los desconocidos empezaron a referirse a Leila y a mí como gemelas. Les resultaba más fácil así. Más fácil que reconocer que antes habíamos sido tres niñas en lugar de dos.
Pero Leila y yo nunca nos sentimos como gemelas.
Nos sentíamos como fragmentos de algo que se había roto.
Nora era siete minutos mayor que nosotros, un hecho que ella trataba como si le otorgara autoridad permanente sobre nuestras vidas.
—Soy la mayor —anunciaba con orgullo—. Eso significa que yo tomo las decisiones.
Leila gemía cada vez.
“Siete minutos no es envejecer.”
—Por supuesto que sí —respondía Nora con una sonrisa.
Esas discusiones se convirtieron en la banda sonora de nuestra infancia.
Las risas resonaban por los pasillos. Las almohadas volaban por las habitaciones. Los crayones aparecían misteriosamente en las paredes a pesar de las repetidas advertencias de nuestra agotada madre.
Siempre que Leila y yo discutíamos por juguetes, ropa o asientos en la mesa, Nora intervenía como una pequeña diplomática.
—La tuvo ayer —se quejaba Leila.
—Y mañana te lo puedes quedar —respondía Nora con calma—. Hoy le toca a Gia.
“Siempre te pones de su lado.”
—No —insistía Nora—. Yo estoy del lado de la paz.
Entonces ponía una cara ridícula hasta que los dos nos echábamos a reír a carcajadas.