Esa era Nora.
Ella llevaba la alegría consigo allá donde iba.
Ella nos ataba los cordones cuando llegábamos tarde. Guardaba a escondidas los dulces favoritos de Leila. Durante las tormentas, siempre dormía entre nosotros porque creía que era su deber protegernos a ambos lados.
Una noche de tormenta, los truenos hicieron vibrar las ventanas con tanta fuerza que toda la casa tembló.
Leila fue la primera en meterse en la cama de Nora.
Yo llegué poco después.
Sin abrir los ojos, Nora levantó la manta.
—Ustedes dos son pésimos fingiendo ser valientes —murmuró.
Leila se acurrucó contra un lado.
Me decidí por la otra opción.
—Tú también tienes miedo —susurré.
—No —respondió Nora con voz soñolienta—. Yo soy la responsable.
Era solo una niña.
Sin embargo, de alguna manera, dedicó su vida a cuidar de todos los demás.
Entonces todo cambió.
Al principio, los adultos susurraban en los rincones.
Pensaban que bajar la voz les permitiría ocultar la verdad.
Pero Nora siempre entendió más de lo que la gente creía.
Su primera estancia en el hospital le pareció irreal.
El fuerte olor a desinfectante.
Luces brillantes que parecían no apagarse nunca.
Pegatinas de dibujos animados de colores intentan, sin éxito, alegrar la habitación.
Leila no dejaba de tirar nerviosamente de la manga de su suéter.
—¿Qué le pasa a Nora? —preguntó.
Mamá forzó una sonrisa.
“Está cansada.”
Nora puso los ojos en blanco.
“No soy un bebé, mamá.”
Por un momento, todos rieron.
Pero incluso entonces, algo se sentía diferente.
Nora parecía más pequeña dentro de esa cama de hospital.
Sus muñecas parecían demasiado delgadas.
Parecía que le costaba más mantener la sonrisa.
Aun así, se preocupaba más por nosotros que por ella misma.
—Dejen de parecer tan preocupados —bromeó—. Los dos tienen un aspecto raro.
Leila rompió a llorar.
Me quedé paralizada junto a la cama, agarrando la barandilla con tanta fuerza que me dolían las manos.
Pensé que si aguantaba lo suficiente, nada cambiaría.
Me equivoqué.
Porque por mucho que nos aferráramos, no podíamos detener lo que se avecinaba.
PARTE 2: La caja que esperó diez años
Cuando Nora murió, el silencio se apoderó de nuestra casa.
Se instaló en todas las habitaciones.
Sus zapatillas permanecieron intactas en el pasillo.
Su cepillo de dientes se quedó junto al nuestro.
Su cama vacía se convirtió en lo primero que veía cada mañana y en lo último que veía cada noche.
Los cumpleaños se volvieron especialmente dolorosos.
Todavía quedaban pasteles.