PARTE 1
¿Te acabas de romper la pierna o también olvidaste que mi madre tiene que comer a las dos?
La voz de Ricardo Luján resonó por el altavoz de urgencias como si el hospital privado no fuera más que el comedor de su casa. Camila Torres yacía en una camilla con la pierna derecha inmovilizada con una férula, un profundo corte en la pantorrilla y sangre seca manchando lo que quedaba de su vestido. Esa misma tarde, un todoterreno se había saltado un semáforo en rojo frente a su panadería en Roma, atropellándola justo cuando entraba con una caja de fresas frescas para la repostería matutina.
El cirujano hizo una pausa mientras le cosía la herida. Una enfermera miró a Camila con una mezcla de compasión e incredulidad. Camila dejó la llamada en altavoz. Ricardo ya había intentado llamarla cuarenta y siete veces.
—Estoy en urgencias —repitió, esforzándose por mantener la voz firme—. Tengo la tibia fracturada.
Siguió el silencio.
Luego se escuchó una risa corta y burlona.
Siempre exageras. Mi madre no puede comer cualquier cosa; sabes que la sal la sienta mal. Pídele a alguien que te lleve a casa y le prepare una sopa. No te estoy pidiendo que corras una maratón.
En ese instante, algo dentro de Camila finalmente se hizo añicos.
No era el hueso.
Durante los tres años de matrimonio, ella había preparado desayunos bajos en grasa, sopas cuidadosamente sazonadas, postres sin azúcar y cenas especiales para Beatriz, la exigente madre de Ricardo. La anciana se había instalado definitivamente en el lujoso apartamento de la pareja en Polanco, comportándose como si fuera la dueña de la casa. Ricardo lo fomentaba. En las reuniones familiares, se presentaba con orgullo como el director regional de Grupo Nébula, insistiendo en que la empresa dependía por completo de su liderazgo.
Camila inhaló lentamente.
“Tu madre ya no es mi responsabilidad.”
“¿Qué acabas de decir?”
“Este matrimonio no es ninguna de las dos cosas.”
Sin decir una palabra más, colgó la llamada.
La enfermera colocó con delicadeza el teléfono junto a su almohada. No le dio ningún consejo, pero la mirada en sus ojos lo decía todo. No se trataba de una simple discusión matrimonial. Eran años de maltrato emocional disfrazados de deber familiar.
Aproximadamente treinta minutos después, dos agentes de la policía de la Ciudad de México entraron en la sala de tratamiento.
“¿Camila Torres?”
Ella alzó una mano débil.
“Su esposo presentó una denuncia de emergencia alegando que usted abandonó a una anciana dependiente que quedó en peligro.”
Camila soltó una risa cansada.