Cada vez que salía del baño con Alejandro, se quedaba completamente en silencio.

No era un silencio normal.

Fue un silencio… como si guardara un secreto demasiado grande para una niña de cinco años.

Una noche, cuando levanté la mano para limpiarle una gota de agua que quedaba en el hombro, Sofía se estremeció ligeramente.

No era fuerte.
No era obvio.

Pero fue suficiente para que se me encogiera el corazón.

—¿Estás bien, mi amor? —le pregunté.

Ella asintió.

Pero él no me miró.

Simplemente bajó la mirada al suelo.

En los días siguientes, comencé a notar pequeños moretones en su cuerpo.

Al principio pensé que era por jugar.

Los niños son así.

Pero los moretones comenzaron a aparecer con mayor frecuencia.

En los brazos.
En las rodillas.
Un día incluso en la espalda.

—¿Te caíste? —le pregunté.

Sofía negó con la cabeza.

Y permaneció en silencio.

Esa noche, me senté a su lado en su pequeña cama en la casa que habíamos alquilado en las afueras de Guadalajara. La luz amarilla iluminaba suavemente la habitación… pero dentro, todo se estaba enfriando.

—¿Hay alguien en la escuela que te haga sentir mal? —pregunté en voz baja.

Apretó con fuerza su conejito de peluche.

Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer.

Mi corazón se detuvo.

“Algunos niños… me maltratan”, susurró. “Dicen que soy débil… y que no tengo un padre de verdad”.

Sentí un nudo en la garganta.

“¿Y por qué no me lo dijiste antes?”

Sofía se secó las lágrimas, con una voz tan baja que casi se desvaneció.

“Porque… el tío Alejandro dice que no pasa nada.”

¿Ningún problema?

¿Y qué si una chica se lastima? ¿No es para tanto?

Algo dentro de mí comenzó a cambiar. Ya no era solo una sospecha.

Era… una profunda inquietud.

La noche siguiente, decidí volver a casa antes de lo habitual.

No te lo advertí.

Yo no llamé.

Simplemente cerré la tienda temprano, tomé un taxi viejo y regresé a nuestra calle mientras aún había luz.

La casa estaba en silencio.

No había televisión.
No había risas.

Solo se oye el sonido del agua corriendo desde el baño.

Entré lentamente.