Regresé del hospital sintiéndome más ligera que en años, segura de que lo más difícil por fin había quedado atrás. Entonces mi esposo me sentó, abrió una página web de cirugía estética en su teléfono y me dio un ultimátum que me hizo cuestionar todo lo que creía saber sobre nuestro matrimonio.
Llevaba queriendo una reducción de pecho desde que tenía 18 años.
Mientras mis amigas pasaban los veranos comprando bikinis y vestidos de verano, yo buscaba sujetadores deportivos con tirantes gruesos y suficiente sujeción para aguantar una jornada laboral completa.
Cada mañana comenzaba con dolor en los hombros y cada noche terminaba con una almohadilla térmica en la parte superior de la espalda.
Incluso ir de compras al supermercado, subir escaleras o esperar en la fila me hacía contar los minutos que faltaban para poder sentarme.
La gente pensaba que yo tenía suerte.
“Tienes todo lo que una mujer desea.”
“Mataría por un pecho como el tuyo.”
“Si tuviera esas cosas, las luciría todos los días.”
Lo que nunca vieron fueron las profundas marcas que las tiras de mi sujetador dejaban en mis hombros ni las pastillas antiinflamatorias que llevaba conmigo a todas partes.
Nunca me vieron quitarme el sujetador después del trabajo y hacer una mueca de dolor porque sentía la piel amoratada. Nunca me oyeron llorar después de probarme ropa que me quedaba bien en todas partes menos en el pecho.
Aprendí a sonreír cortésmente y a cambiar de tema.