—¿Te duelen los pies? —preguntó.
Casi se me cae la bandeja.
Unos minutos después, me invitó a sentarme y descansar un momento. Fue un gesto tan pequeño, pero a la vez tan significativo. Hacía muchísimo tiempo que nadie me mostraba esa consideración.
Esa noche hablamos de cosas cotidianas: libros, cocina, recuerdos y la vida.
A la mañana siguiente, me llamó.
Luego volvió a llamar al día siguiente.
Y al día siguiente.
Una propuesta inesperada
Durante los meses siguientes, Russell se convirtió en una presencia constante en mi vida.
Al principio, nuestras conversaciones no eran dramáticas ni románticas. Eran sencillas y reconfortantes. Me escuchaba cuando hablaba. Recordaba los detalles. Me hacía sentir importante.
Tres meses después, nos sentamos juntos en un restaurante tranquilo.
Russell deslizó una caja de anillos sobre la mesa.
Casi se me para el corazón.