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Lo que los nazis les hicieron después a los prisioneros es insoportable…

articleUseronJuly 11, 2026

Entre los documentos desaparecidos se encontraban los cuadernos de Ernst Fulker. Oficialmente, nunca existieron. Sin embargo, veinte años después del descubrimiento del sótano sellado, un librero de libros antiguos de Múnich puso a la venta una colección de documentos históricos de la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos había tres cuadernos negros de tapa dura, escritos a mano en alemán, con notas detalladas sobre experimentos médicos realizados entre 1943 y 1944.

El comprador era el historiador francés Laurent Morau, especialista en crímenes de guerra. Tras leerlo, se percató de que tenía en sus manos un documento que contenía explosivos. Los cuadernos contenían notas precisas, fechas, nombres en clave, descripciones de procedimientos y resultados. Fulker lo registraba todo con una frialdad clínica que hacía la lectura aún más inquietante. Objeto 7.

Una mujer, de unos 28 años, fue sometida a tortura. Inmersión en agua a 4 °C. Duración: 22 minutos. Efecto: pérdida de conciencia a los 18 minutos. Temperatura final: 30 °C. La víctima falleció durante la noche. Página tras página se repetían las mismas notas: números, datos, muertes, como si se tratara de estadísticas de investigación agrícola, no de un informe de tortura.

Morau pasó semanas encerrado en su despacho, releyendo cada página. Tomó notas y comparó fechas con otros documentos históricos. Investigó. Había inconsistencias, pero todo parecía auténtico. El texto era coherente, la jerga médica precisa, los detalles anatómicos exactos y, aún más inquietante, el tono.

Fulker no escribía como un criminal que intentaba ocultar sus acciones. Escribía como un investigador que documentaba un experimento científico. Sin rastro de culpa, sin eufemismos, sin intento de justificación moral, solo hechos, observaciones y conclusiones. Pero lo más impactante no eran los experimentos en sí, sino la indiferencia con la que los describía.

Fulker no mostró remordimiento alguno. No usó eufemismos. Simplemente relató los hechos, como un científico que observa una reacción química. Y eso reveló una verdad espantosa. A sus ojos, estas mujeres no eran personas reales. Habían sido reducidas a materia biológica, y esta deshumanización no era resultado del odio ni del sadismo, sino de una lógica fría, racional e incluso burocrática.

Fue un mal universal, como lo describió años después la filósofa Anna Harent en su análisis de los crímenes nazis. Morau sabía que debía verificar la autenticidad de los cuadernos antes de hacerlos públicos. Consultó a grafólogos, quienes confirmaron que la escritura databa de la década de 1940. También consultó a historiadores especializados en Vermarthe, quienes reconocieron los códigos y la terminología utilizados.

Envió muestras de papel a un laboratorio suizo, que confirmó que el papel y la tinta coincidían con los materiales utilizados en Alemania durante la guerra. Todo cuadraba. Los cuadernos eran auténticos. Morau se obsesionó con ellos. Pasó años comparando la información con otros documentos, intentando confirmar su autenticidad y descubriendo pistas en el proceso.

Los informes militares alemanes mencionaban una unidad médica experimental en el norte de Francia, pero no proporcionaban más detalles. El testimonio de antiguos soldados confirmó la existencia de centros de interrogatorio donde se retenía a prisioneros civiles y donde, en 1978, se encontraron restos humanos que coincidían con las descripciones del diario.

Todo encajó a la perfección, pero aún faltaba un elemento crucial: testigos presenciales. Consultó los archivos militares franceses, contactó con asociaciones de antiguos combatientes de la Resistencia y publicó anuncios en la prensa regional. Pero durante años, solo quedó él.

No recibió respuesta. Muchas de las mujeres que sobrevivieron al campo ya habían muerto.

Otros emigraron, cambiaron de nombre y rompieron todo vínculo con el pasado. Quienes seguían vivos a menudo preferían guardar silencio, pues hablar solo reabría viejas heridas, y revivirlas era demasiado doloroso. En 1989, Mora publicó un anuncio en periódicos franceses invitando a cualquier persona que hubiera estado encarcelada en campos de concentración alemanes en el norte de Francia entre 1943 y 1944 a que se pusiera en contacto con ella.

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