PARTE 1
—Si mañana entras en esa sala para defender tu tesis, olvídate de que sigues siendo mi esposa.
Selena Herrera permaneció inmóvil, aferrando un vaso de agua con ambas manos.
Eran casi las once de la noche en su apartamento de Coyoacán. Sobre la mesa del comedor descansaban los ocho años más importantes de su vida: la tesis doctoral impresa, sus notas finales, dos memorias USB con la presentación y un viejo cuaderno lleno de apuntes escritos a mano.
A la mañana siguiente defendería su doctorado en la Universidad Nacional.
Había imaginado esa noche cientos de veces.
Pero nunca así.
Frente a ella estaba su esposo, Héctor, con el rostro endurecido. A su lado, su madre, Beatriz, observaba en silencio. Había llegado desde Querétaro dos días antes, convencida de que una mujer casada ya no tenía nada que demostrar en la universidad.