Durante la cena había repetido varias veces:
—Una esposa respetable forma una familia, no pierde el tiempo buscando el reconocimiento de profesores e investigadores.
Selena respiró hondo.
Había aprendido a controlar su enojo con la misma disciplina que la llevó a superar años de becas, investigaciones, publicaciones y noches interminables de estudio.
Pero esa noche, cuando entró a la cocina por un vaso de agua, encontró a Héctor y Beatriz hablando en voz baja. Al verla, callaron de inmediato.
—Mañana no irás —dijo Beatriz con firmeza—. Ya es hora de dejar de avergonzar a esta familia con tu obsesión por estudiar.
Selena levantó la mirada.
—Mañana defenderé ocho años de trabajo. Y nada de lo que digan esta noche hará que cambie de opinión.
Héctor soltó una risa seca.
—Has cambiado, Selena. Solo piensas en estudiar y trabajar. Actúas como si tu carrera fuera más importante que nuestro matrimonio.
Por primera vez, ella lo miró como a un desconocido.
Él había estado presente cuando obtuvo su primera beca, publicó su primer artículo y fue invitada a su primer congreso.
Siempre creyó que estaba orgulloso de ella.
Ahora empezaba a preguntarse si alguna vez lo había estado.
Quizá solo esperaba el día en que renunciara a sus sueños.
—No quiero discutir esta noche —dijo Selena, intentando pasar.
Pero Héctor le bloqueó el camino.
La discusión escaló rápidamente.
En un acto humillante, Beatriz tomó unas tijeras de cocina y le cortó parte del largo cabello para impedir que se presentara al día siguiente.
El silencio llenó la habitación.
Selena quedó inmóvil, incapaz de creer lo ocurrido.
—Quizá ahora recuerdes cuáles deberían ser tus prioridades —dijo Beatriz—. Una mujer no necesita estudios superiores para demostrar su valor.
Selena bajó la vista hacia los mechones en el suelo.
Héctor permaneció en silencio.
Sin decir una palabra, entró al baño y cerró la puerta.
Frente al espejo apenas se reconocía.
Su cabello estaba cortado de forma desigual y sus ojos reflejaban agotamiento.
Permaneció allí varios minutos.
Entonces algo cambió.
La desesperación dio paso a una calma inesperada.
Pidió un taxi desde su teléfono, guardó la tesis, la computadora, las notas, las memorias USB y algo de ropa en una mochila.
Ignoró las voces que le pedían regresar.
Salió del apartamento sin mirar atrás.
Esa noche encontró una habitación en un pequeño hotel cerca de Tlalpan.
Durmió apenas unas horas.
Antes del amanecer acomodó su cabello como pudo, se puso un elegante blazer azul marino, reunió todo su material y salió rumbo a la universidad.
Aún no imaginaba que aquella decisión cambiaría mucho más que su matrimonio.
PARTE 2
La mañana en Ciudad Universitaria era fresca y luminosa.
Selena cruzó la avenida con la mochila al hombro, la tesis contra el pecho y una bufanda color vino cubriendo parcialmente su cabello.
Una estudiante de maestría la vio en el edificio de posgrado y quedó impactada.
—Profesora Selena… ¿qué le pasó?
Selena intentó sonreír.
La joven se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y se lo ofreció.
—El año pasado usted me ayudó cuando quise abandonar la maestría. Hoy déjeme ayudarla.
Selena aceptó el gesto con gratitud y continuó hacia el aula.
A las 8:17 recibió el primer mensaje de Héctor.
«Vuelve a casa. Todavía podemos arreglar esto.»
Después llegó otro.