—Yo nunca…
—Lo rechacé. 3 días después tu madre vino a verme y me dijo que tú ya sabías del embarazo. Dijo que no querías hijos conmigo.
Sentí náuseas.
—Mariana, te juro que jamás supe que estabas embarazada.
Ella tragó saliva.
—Después cancelaron mi contrato de renta. Luego recibí una carta de un despacho jurídico diciendo que cualquier intento de comunicarme contigo sería considerado hostigamiento y un intento de extorsión contra tu familia.
Mi teléfono comenzó a sonar.
MAMÁ.
Contesté.
Beatriz ni siquiera saludó.
—Alejandro, no creas una palabra de lo que esa mujer te está diciendo.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes que estoy con ella?
Mariana miró por encima de mi hombro y su expresión cambió.
Me giré.
A unos 40 metros estaba mi madre.
Junto a ella se encontraba Arturo Salcedo, abogado de nuestra familia desde hacía más de 15 años.
Llevaba una carpeta gris apretada contra el pecho.
En la portada había 2 nombres escritos en letras negras:
MATEO RIVAS HERRERA.
EMILIANO RIVAS HERRERA.
Y cuando mi madre nos vio juntos, no pareció sorprendida.
Pareció furiosa.
Entonces entendí algo todavía peor.
Nuestra reunión en aquel aeropuerto quizá había sido accidental.
Pero mi madre llevaba meses sabiendo exactamente dónde estaban mis hijos.
Y aún no podía imaginar hasta dónde había llegado para mantenerlos lejos de mí.
Parte 2: Caminé directamente hacia Arturo.
—Dame esa carpeta.
Mi madre se interpuso.
—Alejandro, tienes una firma de cientos de millones de pesos en Monterrey. No vas a destruir años de trabajo por una escena sentimental montada por esa mujer.
Mariana se levantó detrás de mí.
—Yo estaba tratando de irme.
Beatriz ni siquiera la miró.
—Por supuesto que eso dirías.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Vi el cheque, mamá. Vi las cartas.
—Nada de eso demuestra que esos niños sean tuyos.
—Demuestra que tú llevas 6 años interfiriendo.
Arturo intentó hablar.
—Alejandro, este no es el lugar adecuado…
—La carpeta.
No se movió.
—Si no me la entregas ahora mismo, tu despacho deja de representar a todas mis empresas hoy.
Arturo miró a mi madre.
Ese gesto bastó.
Le quité la carpeta de las manos.
Dentro había fotografías de Mariana dejando a los niños en el kínder, reportes con horarios, direcciones, información de su trabajo y un borrador de convenio.
Mi madre ofrecía $4,000,000 de pesos a cambio de que Mariana entregara todas las cartas, aceptara confidencialidad absoluta y prometiera no volver a acercarse a mí.
Levanté los ojos.
—Mandaste seguir a mis hijos.
—Mandé investigar una posible amenaza al patrimonio familiar.
Entonces Mariana abrió la vieja maleta azul.
—Enséñale el otro documento.
Sacó una hoja doblada.
Tenía el membrete de mi empresa.
Fecha de hacía 6 años.
El texto decía que yo estaba enterado de su embarazo, que no deseaba reconocer ninguna relación con ella ni con los bebés y que cualquier asunto debía dirigirse exclusivamente al despacho de Arturo.
Al final aparecía mi firma.