Sentí que todo el ruido del aeropuerto desaparecía.
—Yo jamás firmé esto.
Mariana cerró los ojos.
—Viví 6 años creyendo que sí.
Arturo palideció.
Mi madre permaneció inmóvil.
—Era necesario.
La miré.
—¿Qué acabas de decir?
—Esa relación iba a arruinar tu futuro.
—Falsificaste mi firma.
—Te protegí.
—¡Me quitaste a mis hijos!
Mateo y Emiliano nos observaban desde detrás de Mariana.
Mi madre los miró por primera vez.
No vi cariño.
Solo desprecio.
—Esos niños habrían complicado todo. Su madre debió entender desde el principio cuál era su lugar.
Mariana bajó la cabeza como si acabaran de golpearla.
Yo saqué el teléfono.
Llamé a mi director financiero.
—Cancela la compra de Monterrey.
Hubo silencio.
—Alejandro, ¿estás seguro?
—Completamente. Y llama a sistemas. Quiero congelados todos los correos, respaldos, registros de llamadas y archivos administrativos relacionados con Beatriz Rivas y Arturo Salcedo durante los últimos 7 años. Nadie borra nada.
Mi madre perdió el color del rostro.
—¿Te volviste loco?
—No. Apenas estoy empezando a entender.
Arturo dejó caer lentamente su portafolio sobre una silla.
—Alejandro… hay algo que necesitas saber.
Beatriz giró hacia él.
—Cállate.
Arturo tragó saliva.
—Ya no puedo seguir ocultándolo.
Por primera vez en toda mi vida vi miedo verdadero en los ojos de mi madre.
Y entonces Arturo confesó que el documento falso no había sido la única cosa que Beatriz había hecho en mi nombre.
Parte 3
—Habla —le dije.
Arturo miró a Mariana antes de responder.
—Hace 6 años, Beatriz nos informó que tú querías cortar toda comunicación con ella.
—¿Me preguntaste?
Bajó la mirada.
—No.
—Entonces continúa.
Explicó que mi madre poseía poderes administrativos sobre varias sociedades de la familia y que durante años había autorizado trámites cuando yo estaba viajando.
Según Arturo, la carta que Mariana recibió llegó a su despacho como un documento supuestamente aprobado por mí.
—Nunca te vi firmarla —admitió—. Debí verificarlo contigo.
—Sí. Debiste hacerlo.
Mariana apretaba las manos contra su pecho.
—¿Y las amenazas?
Arturo respiró profundamente.
—Después de que rechazaste el cheque y seguiste intentando comunicarte con Alejandro, Beatriz pidió que aumentáramos la presión. La intención era que dejaras Ciudad de México.
Mi madre dio un paso hacia él.
—No tienes derecho a revelar asuntos confidenciales.
Arturo soltó una risa seca.
—Esto dejó de ser confidencial cuando descubrí que se falsificó la firma de mi cliente.
Beatriz me miró.
—Alejandro, hice lo que cualquier madre habría hecho.
—No. Hiciste lo que una persona que necesita controlar la vida de los demás hace cuando alguien se atreve a decirle que no.
—Esa mujer no pertenecía a nuestra familia.