Una noche me dijo:
—Una cosa es divertirte con una mujer así y otra convertirla en parte de esta familia.
Le respondí que Mariana era la mujer con la que quería formar una familia.
2 meses después viajé 3 semanas a España por la apertura de un hotel.
Cuando regresé, el departamento de Mariana estaba vacío.
Su número ya no funcionaba.
Mis mensajes nunca llegaron.
Las cartas que envié fueron devueltas.
Mi madre aseguró que Mariana había pedido expresamente que no la buscara.
Estaba furioso y herido.
Y cometí el error que todavía me persigue.
Dejé de buscar.
Ahora Mariana estaba a pocos metros de mí.
Uno de los niños abrió los ojos.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
Tenía mi cabello oscuro y ondulado.
Pero fue otra cosa la que me hizo olvidar incluso cómo respirar.
Una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
Exactamente igual a la mía.
Mariana abrió los ojos.
Me vio.
Su rostro perdió todo el color.
Inmediatamente tomó a los 2 niños y los acercó contra ella.
—Mariana…
Se levantó tan rápido que casi tiró la maleta.
—No puede ser.
—Eso mismo llevo pensando desde que te vi.
Ella miró a los niños.
Luego a mí.
Sus ojos no mostraban alegría.
Mostraban miedo.
—Alejandro… ¿tu madre nunca te dijo nada?
Sentí un frío extraño recorrerme la espalda.
—¿Decirme qué?
Uno de los pequeños se escondió detrás de ella.
Mariana cerró los ojos durante un segundo.
—Se llaman Mateo y Emiliano.
—¿Cuántos años tienen?
—5.
La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
—¿Son mis hijos?
Mariana me sostuvo la mirada.
Y asintió.
Creí que iba a caerme.
—Yo no sabía nada.
—Eso estoy empezando a entender.
Abrió su mochila y sacó un paquete de sobres amarillentos.
Todos llevaban mi nombre.
Todos habían sido devueltos.
Después sacó copias de correos electrónicos y un cheque de caja por $1,200,000 pesos firmado por mi madre.
—Me ofreció esto para desaparecer.
Miré la firma.
Era de Beatriz.