Daniel retrocedió.
—Esto es un problema familiar.
—No —respondió Elena—. Elegir un centro de mesa es un problema familiar. Falsificar una firma es un delito.
Vanessa señaló a Elena.
—¡Ella nos dio permiso! Dijo que la casa sería de Daniel.
—Una conversación futura no sustituye una escritura ni una autorización notarial —dijo Patricia.
Mientras los agentes subían hacia el despacho, otro funcionario entregó a Vanessa una demanda civil por daños, uso indebido de identidad y cargos no autorizados realizados en una tarjeta de emergencia a nombre de Elena.
Vanessa abrió el sobre y su rostro se descompuso.
Daniel la miró sorprendido.
—Me juraste que ella jamás encontraría esa cuenta.
Todos guardaron silencio.
—Eres un imbécil —susurró Vanessa.
El comandante Ríos anotó la declaración.
—Gracias. Eso puede resultar útil.
Acorralados, comenzaron a culparse. Daniel aseguró que Vanessa diseñó el plan del préstamo. Ella reveló que él había contratado a un abogado para solicitar la restricción de la capacidad jurídica de su madre después de la fiesta.
Según el expediente, Elena sufría pérdidas de memoria, cambios de personalidad y episodios de agresividad. Las discusiones provocadas, las grabaciones incompletas y las frases repetidas frente a los vecinos no eran casualidad.
Estaban construyendo una imagen de demencia.
Patricia abrió un maletín y colocó sobre la mesa otro documento.
—Tenemos una copia de esa solicitud.
Daniel perdió el color.
Pero faltaba descubrir quién, dentro de la propia familia, les había entregado los datos médicos y financieros de Elena para fabricar el expediente.
PARTE 3
El nombre apareció en los mensajes recuperados del teléfono de Vanessa: Claudia Santillán, hermana menor de Elena y tía de Daniel.
Durante meses, Claudia había enviado copias de recibos, estudios médicos antiguos y estados de cuenta a cambio de la promesa de recibir 2,000,000 de pesos cuando la residencia fuera hipotecada. También había sugerido utilizar una caída que Elena sufrió 4 años atrás para presentarla como una mujer frágil y desorientada.
Cuando los agentes llamaron a Claudia, ella llegó convencida de que podría justificarlo todo como una “intervención familiar”. Entró por la puerta principal y se encontró con las hojas del fraude extendidas frente a los invitados.
—Elena, sólo queríamos protegerte —dijo.
—¿Protegiéndome de quién?
—De la soledad. De tus decisiones impulsivas.
—¿Por eso vendiste mi información?
Claudia se acercó con lágrimas en los ojos.
—Daniel estaba desesperado. Pensé que la casa terminaría siendo suya y que nadie saldría perjudicado.
—Decidiste repartir mi patrimonio mientras yo seguía viva.
La frase cayó como una sentencia.
El comandante Ríos solicitó el teléfono de Claudia. Ella intentó negarse, pero Patricia mostró los mensajes impresos y la transferencia de 120,000 pesos que Vanessa le había enviado como adelanto. Claudia terminó sentándose en una silla, incapaz de mirar a su hermana.
Los invitados comenzaron a retirarse. Varios de los antiguos inversionistas de Daniel se quedaron para hablar con los agentes, pues sospechaban que el dinero perdido en su empresa había seguido rutas similares. Lo que empezó como una tentativa contra Elena abrió una investigación mucho más grande.
Al caer la tarde, la policía aseguró 3 computadoras, 5 teléfonos, identificaciones escaneadas, contratos alterados y una libreta donde aparecían otras propiedades que Daniel pretendía usar para cubrir sus deudas.
Vanessa salió acompañada por una agente. Antes de cruzar el portón, miró la casa con rabia.
—Vas a terminar sola.
Elena respondió sin levantar la voz.
—Estar sola será menos doloroso que vivir rodeada de personas esperando mi muerte.
Daniel fue el último en salir. Ya no parecía el empresario seguro que llenaba las habitaciones con promesas. Parecía el niño que alguna vez rompió un florero y escondió los pedazos debajo de la cama.
—Mamá, yo no quería lastimarte.
—Querías mi casa, mi crédito y mi silencio. El dolor sólo te pareció un costo aceptable.