El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente, porque no era el grito de una prisionera desesperada, sino el de alguien que de repente había visto la luz después de años de oscuridad.
Los guardias la sujetaron de los brazos, intentando obligarla a volver a sentarse en la silla, pero Ramira resistió con una fuerza nacida de algo más profundo que la ira, algo más cercano a la verdad que finalmente salía a la luz.

El coronel Méndez, que había estado observando desde la puerta, dio un paso al frente lentamente, alzando una mano que ordenaba a los guardias que se detuvieran antes de que la situación se convirtiera en otro incidente violento registrado en el libro de registro de la prisión.
—Déjenla hablar —dijo Méndez con calma, con una voz que denotaba una autoridad tal que los guardias se quedaron paralizados al instante.
Ramira lo miró con ojos ardientes, con lágrimas aún corriendo por sus mejillas, pero ahora esas lágrimas contenían una extraña mezcla de dolor, alivio y una feroz determinación que no había existido minutos antes.
—Mi hija sabe algo —dijo, respirando con dificultad—. Algo que nadie le había preguntado antes… algo que puede demostrar que todo de lo que me acusaron era mentira.
La trabajadora social frunció ligeramente el ceño, visiblemente incómoda, porque el sistema judicial ya había cerrado el caso de Ramira Fuentes hacía mucho tiempo, y reabrirlo ahora parecía imposible.