Como muchas personas con una apariencia física inusual, Kevin desarrolló un gran sentido de la modestia, una paciencia inquebrantable y una autoconfianza que nunca lo ha abandonado. Hoy afirma que esta experiencia le enseñó a transformar la curiosidad de los demás en intercambios afectuosos.

Una vida cotidiana tranquila y una existencia plena.
Kevin, de 40 años, lleva una vida tranquila y equilibrada. Comparte su día a día con su pareja, también notable por su estatura, y su perro, un fiel compañero que completa este singular hogar. Con más de dos metros de altura, es una de esas personas cuya presencia nunca pasa desapercibida, pero que saben cómo convertir la sorpresa en una sonrisa.
Él mismo reconoce que le costó tiempo acostumbrarse a ser el centro de atención, incluso a que le hablaran directamente. Pero esta situación forjó en él una rara facilidad para relacionarse socialmente, casi una fortaleza personal. ¿Qué es lo que más aprende de su experiencia? Que lo esencial es rodearse de gente amable, capaz de ver más allá de las apariencias y apreciar lo que hace única a cada persona.