La noche había sido normal, o al menos debería haberlo sido. Tenía ocho meses de embarazo, el cuerpo me pesaba y me dolía, cada paso me recordaba la vida que crecía dentro de mí. Al regresar del mercado, le pedí a mi marido que llevara las bolsas de la compra. No era una exigencia, solo una simple petición, que parecía razonable dada mi condición. Pero antes de que pudiera responder, la voz cortante de mi suegra resonó en el aire como un grito.
—El mundo no gira alrededor de tu barriga —espetó, entrecerrando los ojos con desprecio—. El embarazo no es una enfermedad.
Sus palabras me hirieron. Me quedé allí, atónita, esperando que mi marido me defendiera, que dijera algo, lo que fuera, que reconociera el esfuerzo que estaba haciendo. Pero él simplemente asintió, como si su crueldad fuera una verdad inmutable. Así que, con el vientre hinchado y los brazos temblorosos, arrastré las bolsas adentro, sola. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, no por las compras, sino por el silencio que seguía. El silencio de mi marido. El desprecio de su madre. Mi propia soledad.
Esa noche, permanecí despierta, mirando al techo. El bebé se movía dentro de mí, recordándome el futuro que llevaba en mi vientre, la fuerza que debía encontrar en mi interior. Me preguntaba si alguien podía verlo, si alguien comprendía las batallas silenciosas que libran las mujeres a diario. Mi esposo dormía a mi lado, indiferente, mientras yo lidiaba con el peso de la decepción.