—Listo. Se acabó. A partir de hoy, cada quien por su lado. Los bienes ya quedaron repartidos como acordamos. Tú te quedas con dos millones de pesos y te largas a donde quieras. La residencia y la empresa se quedan conmigo.
Valeria tomó los papeles con una calma que resultaba extraña. No lloró. No reclamó. No suplicó. Solo asintió despacio, tomó la maleta que ya tenía preparada junto a la puerta y caminó hacia la salida.
—Adiós, Mauricio. Ojalá seas muy feliz con la decisión que tomaste.
Apenas la puerta se cerró detrás de ella, Mauricio dio un pequeño salto de felicidad. Sacó el celular de inmediato y le marcó a Camila, su amante joven y escandalosamente presumida.
—¡Mi amor! ¡Ya soy libre! Esa vieja por fin firmó el divorcio. Esta noche paso por ti para celebrarlo. Y te tengo una sorpresa que te va a fascinar.
Esa misma tarde, Mauricio manejó hasta una de las joyerías más exclusivas de Polanco, en la Ciudad de México. Sin pensarlo dos veces, pasó su tarjeta para comprar un anillo de diamantes valuado en un millón de pesos.
Mientras el vendedor lo guardaba en una elegante caja negra, Mauricio sonreía satisfecho.
Pensó para sí:
La empresa va viento en popa, el nuevo proyecto en Santa Fe está por explotar y un millón no es nada. Si le pongo este anillo en el dedo a Camila, seguro acepta mudarse conmigo y convertirse en la nueva señora de la casa.
La cena se llevó a cabo en un restaurante de lujo sobre Paseo de la Reforma. Mauricio invitó a sus padres y a su hermana menor. Toda la familia levantó las copas entre risas, brindis y comentarios venenosos.