—Qué bueno que te deshiciste de ella a tiempo —dijo doña Rebeca, la madre de Mauricio, mientras acariciaba el collar de perlas que su hijo le acababa de regalar—. Esa mujer no servía para nada. Siempre metida en la cocina, con cara de mártir, como si eso ayudara a sacar adelante a un hombre. No como Camila, que sí sabe comportarse, arreglarse y moverse en sociedad.
Camila sonrió con fingida modestia y se acomodó contra el hombro de Mauricio. Luego alzó la mano para presumir el anillo de diamantes, que resplandecía bajo la luz del restaurante.
—Ay, amor, eres lo máximo —dijo con voz melosa—. Entonces hoy mismo me mudo a la residencia, ¿verdad?
La hermana de Mauricio soltó una carcajada.
—Claro. Esa casa necesitaba desde hace mucho una mujer con estilo.
Mauricio, encantado, tomó la copa y brindó una vez más.
—Por mi nueva vida.
Nadie en esa mesa imaginaba que, mientras ellos celebraban, Valeria ya había comenzado a mover la primera pieza de un juego mucho más grande.
Y cuando regresaran esa noche a la mansión, creyendo que entrarían como dueños absolutos de todo… descubrirían que la verdadera despedida apenas estaba por empezar.
Mauricio salió del restaurante con el pecho inflado de orgullo. A un lado iba Camila, aferrada a su brazo, luciendo el anillo de diamantes como si ya fuera la reina de todo lo que, según ella, pronto le pertenecería. Detrás de ellos caminaban doña Rebeca, el señor Ernesto y Fernanda, todos riendo, satisfechos, convencidos de que aquella noche marcaba el inicio de una nueva etapa gloriosa.
El chofer abrió la puerta de la camioneta de lujo y, durante el trayecto hacia la residencia en Bosques de las Lomas, Camila no dejaba de hablar sobre remodelaciones.
—La sala principal la quiero en tonos marfil —decía mientras veía fotos de decoración en su celular—. Y esa cocina hay que rehacerla completa. Se nota que la exesposa tenía gustos de señora antigua.
—Haz lo que quieras, mi amor —respondió Mauricio con arrogancia—. Esa casa ahora es tuya también.
Doña Rebeca soltó una risa breve.
—Ahora sí entrará una mujer con clase a esa residencia.
Nadie notó la sonrisa casi imperceptible que asomó en los labios de Camila al escuchar esas palabras.
Cuando por fin llegaron, algo los desconcertó de inmediato.
Las luces exteriores de la mansión seguían encendidas, pero el portón principal estaba apenas entreabierto y dos camionetas negras estaban estacionadas frente a la entrada. A un lado del acceso había dos hombres con traje oscuro y un tercero uniformado, de pie, completamente inmóvil.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué demonios es esto?
Bajó del vehículo con paso rápido. Sacó sus llaves y caminó directo hacia la puerta principal, pero apenas intentó abrirla, la llave no entró.
Se quedó congelado.
Volvió a intentar.
Nada.
Metió otra llave.
Nada.
Doña Rebeca se acercó alarmada.
—¿Qué pasa?
—Cambiaron la cerradura.