—Cariño —dijo mi padre—, ¿dónde estás?
Mason bajó el teléfono como si le hubiera quemado la mano. Su madre permanecía inmóvil, con los ojos muy abiertos y la boca llena de un terror repentino y tardío.
Intenté responder, pero el dolor me doblegó de nuevo. Sentí un tirón profundo, un golpe tan brutal que me hizo flaquear las rodillas. Me desplomé en el suelo de la cocina, sobre mi propia sangre.

—Papá… —logré decir entrecortadamente—. Me empujaron. Estoy sangrando. No me dejan pedir ayuda.
La línea quedó en silencio por apenas un segundo. Entonces, la voz de mi padre cambió. Ya no era solo mi padre. Era el hombre que había interrogado a criminales con la misma calma gélida con la que otros pedían un café.
—No cuelgues —ordenó—. Mary Ellen, mírame. Respira. ¿Se mueve el bebé?
Me presioné el vientre con la mano. Esperé. Recé. Nada.
—No lo sé —susurré—. No puedo sentirlo.
Mason dio un paso hacia mí. “Señor, esto es un malentendido. Se puso histérica y se cayó sola”.
Mi padre no alzó la voz. Eso lo empeoró todo.
“Consejero Mason Aranda, si vuelve a tocar a mi hija, no necesitará contactos en la fiscalía. Necesitará un milagro.”
Mason palideció mortalmente. La señora Teresa se llevó la mano al pecho. —¿Cómo sabes su nombre?
“Porque mi hija se casó con él; no se enterró con él.”
Escuché voces de fondo en la llamada: órdenes rápidas, una dirección que se repetía, una ambulancia en camino, la policía local había sido notificada. Mason miró hacia la puerta como si pudiera correr, pero la casa ya no era suya. Era la escena de un crimen. Y por primera vez, lo comprendió.
—Mary Ellen —dijo mi padre—, no te duermas.
“Me duele muchísimo.”
“Lo sé, cariño. Pero escúchame. Cuenta conmigo.”
Empecé a contar. Uno. Dos. Tres. Pero al llegar al cinco, vomité del dolor. La señora Teresa se apartó como si mi sangre pudiera manchar su reputación.
—Esto no puede estar pasando —murmuró—. Somos una familia decente.
La miré desde el suelo. “Decente no es una palabra. Es lo que haces cuando nadie te está grabando”.