A las cinco de la mañana, cuando la ciudad aún respiraba en silencio, la violencia irrumpió en mi vida con una brutalidad que no dejó lugar a dudas ni a esperanzas.
La puerta del dormitorio se estrelló contra la pared con un crujido seco, como anunciando el comienzo de algo que se había estado gestando en la oscuridad durante demasiado tiempo.

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Víctor me veía como una persona, como un problema, como un obstáculo, como algo que debía corregirse a gritos y con mano dura.
—¡Levántate, vaca inútil! —gritó, arrancándome las sábanas, reduciendo mi humanidad a una palabra que dolía más que cualquier golpe físico.
Tenía seis meses de embarazo, pero en ese momento mi cuerpo no era un refugio de vida, sino un campo de batalla donde el miedo y la supervivencia luchaban sin tregua.