Intenté incorporarme, pero el dolor de espalda y el peso en el vientre me recordaban que cada movimiento era una negociación con el sufrimiento.
—“Me duele… No puedo moverme rápido”— susurré, con la voz quebrándose, esperando la más mínima señal de empatía que finalmente llegó.
Se rió, y esa risa fue peor que cualquier insulto, porque carecía de humanidad, estaba llena de un desprecio erudito.
—«Otras mujeres sufren y no se quejan»—, respondió ella, como si el dolor fuera una competición y yo estuviera perdiendo deliberadamente.
Bajé las escaleras apoyada contra la pared, cada paso una humillación, cada respiración una lucha por mantener los pies en alto debido al bebé que llevaba dentro.
En la cocina, la escena fue aún más devastadora que la violencia física: era la normalización de la crueldad.
Helepa y Raúl, sus padres, estaban sentados como espectadores de un espectáculo cotidiano, mientras Nora sostenía su teléfono grabando, como si mi dolor fuera un entretenimiento.
—Mírala —dijo Helepa, sonriendo con una frialdad que helaba la sangre—, cree que llevar un bebé en el vientre la hace especial.
No había compasión, ni duda, ni conflicto moral, solo una narrativa compartida en la que yo era el problema.
Víctor repitió las órdenes, como si hablara con un animal, o con su esposa, o reconociera a la madre de su hijo.
Abrí el refrigerador, pero el mundo empezó a dar vueltas, y en ese momento dejé de decir que mi cuerpo ya no podía soportar ese dolor y sus consecuencias.
Caí al suelo, y lo que más me dolió fue el impacto, pero también la reacción de quienes me rodeaban.