¡Dios se los llevó porque sabía qué clase de madre tenían! —dijo mi suegra con una voz tan cortante que incluso las flores blancas que rodeaban los ataúdes parecieron volverse hostiles.
La sala funeraria quedó sumida en un silencio antinatural, ese silencio denso que aparece cuando la crueldad entra vestida de negro, rosario en mano y con la absoluta convicción de impunidad.

Mis gemelos estaban frente a mí en dos diminutos ataúdes, alineados bajo una luz amarilla demasiado tenue para una realidad tan monstruosa.
No hay descripción de la foto disponible.
Me dijeron que habían muerto mientras dormían, como si esa frase pudiera convertir en misericordia lo que aún sentía como una herida abierta en el pecho.
Me llamo Clara, y hasta esa mañana todavía intentaba caminar sin romperme en mil pedazos.
En aquel momento no era una mujer fuerte.
Era una madre exhausta, apenas sostenida por un café frío, una medicación contra la ansiedad mal tomada y la mínima respiración necesaria para sobrevivir cuando tienes una hija de cuatro años mirándote.
Apenas dormí durante dos noches.
Cada vez que cerraba los ojos veía las cunas, las mantas azul claro, las boquitas inmóviles, el terror helado del dormitorio cuando comprendí que el silencio no era sueño.
Y, sin embargo, lo peor fue no encontrar a mis hijos sin vida.
Lo peor fue ver con qué rapidez algunas personas convirtieron mi dolor en una oportunidad para atacarme.