Permanecí arrodillado en el suelo, con la credencial temblando entre mis dedos.
La habitación daba vueltas.
Tuve que poner una mano en el suelo para no caerme.
Leí el nombre una vez.
Luego otro.
**Mariana Salvatierra.**
Debajo de la foto, en letras oficiales, aparecía una dirección en Monterrey.

Y más abajo, esa palabra que me había partido en dos:
**Esposa.**
Sentí que algo dentro de mí se rompía con un sonido seco, invisible y definitivo.
Alejandro no solo me había mentido.
Había construido otra vida.
Otra mujer.
Otro hogar.
Y llevaba meses sin darme cuenta del examen.
Respiré hondo, pero el aire me arañaba por dentro.
Volví a mirar el paquete.
Había una blusa de mujer con manchas oscuras, endurecida por el paso del tiempo.
Un pendiente de oro.
Un recibo arrugado de una farmacia en Monterrey.
Y una pequeña cadena con una medalla de la Virgen.
Nada de eso era mío.