Nadie en las calles de Pelourinho imaginaba lo que sucedía cada noche en la casa colonial de Doña Leonor Barbosa. Desde afuera, era simplemente otra elegante propiedad de la élite bahiana, con sus ventanas enrejadas, paredes encaladas y balcones de hierro forjado. Pero tras esas pesadas puertas de palo de rosa, entre enero y junio de 1839, doce hombres esclavizados fueron sometidos al ritual más degradante que la ciudad de Salvador jamás haya presenciado.
Uno a uno, fueron convocados a las habitaciones de la viuda, examinados como animales de granja, evaluados en cuanto a sus características físicas y sometidos a pruebas de capacidad reproductiva. Doña Leonor no buscaba un amante, sino un reproductor; no buscaba compañía, sino un heredero que asegurara su inmensa fortuna.
Durante seis meses, aquella casa se transformó en un laboratorio de horror, donde los seres humanos eran tratados como objetos, donde la dignidad era pisoteada cada noche y donde una mujer de la élite demostró que la crueldad no tenía género en una sociedad esclavista. Esta es la verdadera historia de cómo el poder absoluto corrompe absolutamente y cómo uno de los doce hombres finalmente decidió que el precio a pagar era demasiado alto, incluso por la supervivencia.
El año 1839 marcó un período peculiar en Bahía. Habían transcurrido cuatro años desde la revuelta de Malê, cuando esclavos musulmanes estuvieron a punto de tomar Salvador en una rebelión que sacudió los cimientos de la sociedad esclavista. La represión que siguió fue brutal, pero también dejó a la élite bahiana paranoica y, al mismo tiempo, más consciente de su poder absoluto sobre los cuerpos y las vidas de los esclavizados.
Doña Leonor Barbosa de Almeida era la única hija del coronel Damião Barbosa, uno de los mayores traficantes de esclavos de Bahía. Nació en 1805 en una mansión en el corazón de Pelourinho, donde creció rodeada de lujos importados de Europa y atendida por decenas de esclavos domésticos. A los 18 años, fue prometida en matrimonio al señor Antônio Ferreira de Almeida, un comerciante portugués treinta años mayor que ella, propietario de tres barcos negreros y varias propiedades en Salvador y Recôncavo. El matrimonio, celebrado en 1823 en la iglesia de San Francisco, no fue por amor, sino por conveniencia económica; una alianza entre dos fortunas que consolidaría el poder de ambas familias.
Durante quince años, Doña Leonor vivió como una esposa obediente, administrando la casa, supervisando a los sirvientes y participando en los eventos sociales de la élite. Pero un problema la aquejaba año tras año: no podía concebir. En aquella época, los médicos desconocían cómo diagnosticar la infertilidad masculina.