“Estoy orgullosa de ser la señora. Montemayor. Y preferiría pasar mi vida con este ‘cerdo’ que con gente plástica como tú”.
Todo el salón de baile quedó en silencio.
Vanessa se mantuvo humillada.
Baste miró a Clara y vio el coraje, la lealtad y el amor.
Ella era la mujer que él había estado esperando.
—Clara —susurró Baste.
“Vamos a casa”.
LA VERDAD
De vuelta en la mansión, Clara guió a Baste al dormitorio.
– ¿Preparo tu té, Don Baste? Ella preguntó suavemente.
“No,” contestó Baste.
Su voz cambió.
Ya no era ronco o rasposo, era profundo, suave e innegablemente cautivador.
“Clara… mírame”.
Lentamente, Baste se levantó de la silla de ruedas.
Clara se quedó sin aliento.
“¿Puedes pararte?”
“Hay mucho que puedo hacer, Clara”, dijo con una sonrisa.
Se volvió hacia el espejo, se acercó detrás del cuello y se despejó una delgada tira de silicona.
Los ojos de Clara se abrieron.
Lentamente, Baste comenzó a quitar su disfraz.
Se quitó la máscara protésica que hacía que su rostro se viera cicatrizado e hinchado.
Se quitó el traje de grasa de 50 kilogramos envuelto alrededor de su cuerpo.
Se quitó la peluca calva.
En cuestión de minutos, el “cerdo multimillonario” había desaparecido.
De pie ante Clara era un hombre de unos treinta años: alto, musculoso, agudo y impresionantemente guapo.
Sebastián Montemayor.
Su verdadero yo.
Clara se derrumbó en la cama en estado de shock.
“¿Quién eres tú?”
Sebastian se arrodilló ante ella y tomó sus manos.
“Todavía soy yo, Clara. Baste, dijo suavemente.
“¿B-pero por qué? ¿Por qué fingir?”
“Estaba agotado,” confesó Sebastian.
“Toda mujer que conocí me amaba por mi apariencia y mi dinero. Cuando Vanessa me traicionó, juré que nunca volvería a casarme hasta que encontrara a alguien que amara mi alma, no mi piel.
Las lágrimas llenaban sus ojos.
“Así que llevaba una máscara. Me convertí en un monstruo. Busqué a una mujer que pudiera soportar mi olor, mi peso, mi ira.
Y esa mujer eras tú. Esta noche, me defendiste. Me amabas incluso cuando pensabas que no tenía nada que dar”.
—Sebastian… —gritó Clara.
“Ganaste el partido, Clara. Y como tu recompensa, te doy toda mi riqueza, mi corazón y mi verdadero rostro.
Clara abrazó a su marido.
No porque fuera guapo.
Pero porque su amor se había demostrado real.