PARTE 2: LA PUERTA ABIERTA
Meses después caminaba con apoyo durante la rehabilitación.
Un día mi fisioterapeuta me preguntó:
—¿Qué meta quieres conseguir?
Pensé que diría correr.
Subir escaleras.
Caminar sin ayuda.
Pero respondí:
—Quiero volver a entrar sola en mi propia casa.
Tiempo después lo hice.
No en aquella casa.
En un apartamento pequeño que alquilé después de separarme de Andrew.
Abrí la puerta.
Dejé mis llaves sobre la mesa.
Mi teléfono estaba donde yo quería.
Mis documentos estaban en un cajón que solo yo podía abrir.
Mi sueldo llegaba a una cuenta que controlaba yo.
Cosas normales.
Antes nunca había comprendido cuánto podían significar.
El proceso legal siguió su curso con las pruebas reunidas, y yo continué con el divorcio.
La última vez que Andrew intentó hablar conmigo, dijo:
—Mi familia quedó destruida por una sola noche.

Lo miré.
—No.
—¿Entonces por qué?
—Porque durante meses confundieron mi paciencia con permiso.
Me marché.
Todavía con una ligera dificultad al caminar.
Pero me marché sola.
Durante mucho tiempo pensé que mi escape había comenzado cuando encontré aquel viejo abridor de botellas.
Después comprendí que no.
La herramienta solo me ayudó a hacer ruido.
Mi escape empezó unos minutos antes, mientras estaba sola sobre aquel suelo, cuando entendí que nadie dentro de esa casa iba a salvarme.
Y decidí que, si todavía podía pedir ayuda, todavía tenía una salida.