Después de 20 años de espera, por fin tuvieron gemelos… pero cuando el médico vio la marca en las manos de los bebés, todos se quedaron paralizados
Anna y Mark llevaban veinte años casados.
Veinte años llenos de oraciones, esperanza, silencios y dolor.
Lo tenían todo: una pequeña casa, un profundo amor mutuo, un trabajo honrado y el respeto de sus seres queridos. Pero faltaba algo, y su ausencia se hacía sentir cada día más.
No había risas de niños en su hogar.
Cada vez que los hijos de los vecinos jugaban en el jardín, Anna se quedaba junto a la ventana observándolos en silencio. No sentía envidia. Simplemente, le dolía el corazón.
—Mark, quizás Dios tiene otro camino para nosotros —dijo un día con lágrimas en los ojos.
Mark la abrazó y susurró:
—Si Dios tarda, no significa que se haya olvidado de nosotros.
Pasaron los años.
A veces los médicos les daban esperanza y otras veces no. Algunos familiares los consolaban, otros los herían aún más con sus palabras.
—Han pasado veinte años, acéptenlo —decían.
Pero Anna rezaba cada noche.
Guardaba un pequeño gorrito de bebé en el armario. Lo había comprado el primer año de matrimonio, convencida de que algún día sería necesario.
Una mañana cualquiera, cuando Anna ya tenía cuarenta y tres años, se sintió mal. Mark la llevó rápidamente al médico.