—¿Puede explicarme por qué la firma de la señora Vance cambia en cuatro documentos firmados el mismo día?
Julian tartamudeó.
—Ella… estaba nerviosa.
El agente anotó algo.
Después observó las muñecas de mi madre.
Las marcas seguían perfectamente visibles.
La trabajadora social se acercó con cuidado.
—Señora Margaret, ¿quiere venir con nosotros?
Mi madre levantó lentamente la vista.
Por primera vez desde que llegué a la casa, no miró a Julian antes de responder.
Me miró a mí.
Asentí en silencio.
Ella respiró profundamente.
—Sí.
Quiero irme.
Julian dio un paso desesperado.
—¡Mamá! ¡No sabes lo que dices!
Ella retrocedió instintivamente.
El agente se interpuso entre ambos.
—No se acerque.
El investigador recibió una llamada.
Escuchó unos segundos.
Luego levantó la vista hacia mí.
—Fiscal Vance…
Asentí.
—¿Sí?
—Acabamos de recibir respuesta del banco.
Pensé que solo confirmarían las transferencias.
Pero el investigador cerró lentamente su libreta.
—Esto es mucho más grande de lo que parecía.
Fruncí el ceño.
—¿Qué encontraron?
Su rostro se volvió completamente serio.
—Las cuentas de su madre no solo fueron vaciadas.
Hizo una breve pausa.
—Durante los últimos cuatro años alguien utilizó su identidad para abrir siete líneas de crédito, hipotecar propiedades que ya no le pertenecían y mover millones de dólares a través de empresas fantasma.
Toda la habitación quedó en silencio.
El investigador miró directamente a Julian.

—Y, según los primeros registros…
Bajó la carpeta.
—Su hermano no parece ser quien dirigía la operación.
Giró lentamente la vista hacia Chloe.
—Todo apunta a que ella trabajaba para alguien más.