El juez Thorne no me hizo repetir dos veces mi nombre.
—Elena… ¿qué ocurrió?
Miré a mi madre.
Seguía envuelta en la toalla, con las manos temblando y la mirada fija en el suelo.
Respiré hondo.
—Tengo una víctima de setenta y ocho años con lesiones visibles, posible privación ilegal de la libertad, violencia familiar, fraude patrimonial y coacción para modificar un testamento.
Del otro lado hubo un breve silencio.
Después escuché una sola frase.
—No salgas de esa casa.
Colgué.
Cinco minutos más tarde envié todas las fotografías a una carpeta segura del Ministerio Público.
Las imágenes conservaban la fecha, la hora y la ubicación.
Después grabé un segundo video.
Mi madre repitió, con voz pausada, todo lo que me había contado.
No la interrumpí.
No sugerí respuestas.
Solo hice preguntas claras.
—¿Quién te amarró?
—Julian.
—¿Quién te golpeó?
—Chloe.
—¿Quién rompió tu teléfono?
—Julian.
—¿Te obligaron a firmar documentos?
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Sí.
Guardé el teléfono.
Aquello ya no era solo una denuncia.
Era evidencia.
Ayudé a mi madre a ponerse otro suéter, mucho más ligero, y regresamos al comedor.
Julian levantó la vista del televisor.
—¿Todo bien?
Sonreí.
—Perfectamente.
Chloe dejó una taza de té frente a mi madre.
—¿Ya dejó de hacer escándalos?
Mi madre bajó inmediatamente la cabeza.
Ese simple gesto confirmó todo.
Nadie que viviera sin miedo reaccionaba así.
Me senté frente a ellos.
—¿Todavía conservan los documentos de la venta de la cabaña?
Julian sonrió con suficiencia.
—Claro.
—¿Y los poderes notariales?