El silencio cayó sobre el salón como si alguien hubiera apagado el aire.
Los 300 invitados permanecían inmóviles.
Renata seguía en el suelo, incapaz de aceptar que una mujer con uniforme la hubiera derribado delante de toda la élite de Monterrey.
—¡Abuelo! —gritó Emiliano, sorprendido—. ¿Qué acaba de decir?
Don Ernesto avanzó apoyándose en su bastón.
Sus ojos nunca se apartaron de Mariana.
—Hace cinco años, durante un viaje a Ciudad de México, un hombre armado logró acercarse a mi vehículo. Mi equipo de seguridad no reaccionó a tiempo. Ella sí.
Todas las miradas se clavaron en Mariana.
Renata soltó una risa nerviosa.
—¿Ella? ¿La sirvienta?
Don Ernesto asintió lentamente.
—En aquel entonces no llevaba uniforme. Vestía traje negro y protegía a empresarios que recibían amenazas de secuestro.
Un murmullo recorrió el salón.
Los periodistas comenzaron a levantar sus teléfonos.
Renata negó con la cabeza.
—Está mintiendo…
—No acostumbro mentir —respondió don Ernesto con firmeza.
Mariana bajó la vista.